viernes, 5 de junio de 2009

La Caja De Pandora...

Amanece nuevamente en la ciudad. El resplandor de los tenues rayos solares surgiendo en el horizonte desvanece las tinieblas esquivas de los edificios, marcando un nuevo día. Sí, un nuevo día, resurgiendo de las cenizas de la noche, cuál el ave fénix a través de sus milenarias muertes. El renacer del tiempo, la resurrección de nuestras vidas. Un nuevo día para celebrar, un nuevo día que aparece, hermoso y engalanado, para ser celebrado., que se ha arreglado con toda la belleza de la que es poseedor para festejar una vez más otro aniversario, para agradecerle al sol su retorno.
Así es, un nuevo día para ser celebrado, pero nadie para acudir a la fiesta.
Para la mayoría de la gente, un nuevo día significa despertar con el sonido de aquel infame artefacto que resuena monocorde en la habitación, aturdiendo a todo el que escucha sus execrables chillidos, volviendo a la existencia de un agradable sueño del que no desean escaparse.
Para la mayoría de la gente, un nuevo día no es digno de celebración o gratitud, por estar vivos todavía, sino de repudio y desprecio por interrumpir su prolongado descanso para salir a cumplir sus deberes y responsabilidades, saliendo de sus reconfortantes lechos. Para ellos, no comienza un día renovado e incomparable, sino uno tedioso y ordinario como todos los demás, de invariable rutina. No, no es una fecha de conmemoración, sino de intachable desapego.
La mayoría de la gente no le presta atención a la caricia del rocío que se acumula en el césped, fresco y centelleante a la luz del sol, como perlas del collar más hermoso de todo el orbe. No se concentran en escuchar el apenas perceptible sonido de los pájaros conversando entre sí, constituyendo casi su propia sinfonía, en una sincronía perfecta. Ni siquiera se detienen un segundo para mirar sobre sus cabezas y contemplar, maravillados, la majestuosidad del lucero del alba, solemne en todo su esplendor, con su gloriosa corona de refulgentes rayos color plata sobre la bóveda celestial, encabezando como monarca a todas las estrellas.
Pero la mayoría de la gente no le presta atención a esas cosas. Ellos se dedican a correr. Corren por la vida, porque el reloj avanza y el tiempo se les va. Corren porque tienen una agenda interminable con labores que si se pararan a pensar un segundo, se darían cuenta de que no tienen ninguna utilidad, ni les aportan nada beneficioso para su existencia. Sin embargo eso no importa, porque el tiempo pasa y la estadía en este mundo se les agota.
Para estas personas, un nuevo día significa un día de adición a la rutina, un día que no es mejor ni peor que los otros, que no resalta en nada por encima de los demás.
Y es en medio de esta ciudad caótica, de gente atropellándose en multitudes porque llegan tarde y el colectivo se les está yendo, cruzando con el semáforo en verde porque tienen mucha prisa, de personas hablando incansablemente por el teléfono celular, tan absortos en el aparato eléctrico que apenas si se dan cuenta por donde caminan y, por supuesto, que no le prestan atención aquel niño o niña de mirada llena de profunda tristeza que se les acerca tímidamente para pedirle una moneda que ellos le niegan, mirándole con notable repulsión, mientras la pobre criatura tiembla de frío porque sus prendas desgarradas y andrajosas apenas si lo abrigan del crudo invierno.
En esta ciudad es también donde viven ellos, los otros, los que si observan. Los que usualmente son tomados como errores por naturaleza que nunca debieron haber nacido o estado, los habitantes ignorados, que la gente agitada no percibe, porque son tomados como los más insignificantes, la escoria más inferior, cuando en realidad no son más que los poetas, los artistas, de esta sociedad. Son aquellos que están fuera de la carrera de la vida, algunos porque han sido excluidos de ella, otros porque simplemente se oponen a aceptar su condición de esclavitud frente a este mecanismo con el que funciona la existencia. Son ellos los que advierten y aprecian, estancados en un espacio atemporal como parecen, la esplendida magnificencia de la naturaleza. Sumergidos en el refugio de su propio universo, en la oscuridad de sus pensamientos, ellos aguardan como podemos evidenciar algún fugaz instante de nuestra interminable marcha, sentados serenamente en una esquina o callejón, en silencio, internados en su realidad, sumidos en el infinito del que ellos solos son dueños. Ellos aguardan pacientes. Porque algún día, estos extraños individuos despertarán, abrirán los ojos para iluminar a todos los otros seres vivos con su lucidez innata, borrando por fin esa ceguera que nos hace vernos a nosotros mismos como criaturas carentes de importancia, inmersos en nuestro propio dolor. Tal vez un día, estas personas enviadas por quién sabe que providencia del firmamento, nos quitarán esas vendas de negrura que nos aprisionan de los ojos, para pelear por ideales olvidados ya hace muchos años en el fondo de un cofre polvoriento. Y quizás ese día que es digno de celebración y agradecimiento por estar vivos, pero merecedor de festejo mucho más que los restantes, por ser el más brillante de todos, podamos despertar del letargo que nos somete y veamos, con auténtica claridad, la realidad que nos rodea y de la que somos prisioneros. Es por eso que aguardan aquellos extraños individuos que parecen atrapados en otra dimensión totalmente distinta a la nuestra. En la caja de Pandora solo quedó la esperanza. Y es por eso que yo también espero.

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