sábado, 2 de mayo de 2009

La Despedida Final...

Sí, te perdí, lo sé muy bien, no hay porque aclararlo. Y sí lloré por vos, en mi casa, postrada en la cama, donde sabía que no me veías. Porque yo te quise, no como vos, que jugaste conmigo, que me hiciste creer una mentira. Que te burlabas mientras me hundía. Cayendo en esa tormenta de felicidad y angustia en que me metiste con esa sonrisa despiadada. Y me cuesta creer que después de todos esos momentos que pasamos no hayamos llegado a ninguna parte. Esos tiempos en que por fin me ilusioné suponiendo que podría abrirte mi alma sensible y delicada, a la par que vos me mostrabas la tuya. Por dios, que necia fui. Que me tragué todas esas frases estúpidas que me decías y que yo te devolvía con cariño. Como iba a saber que eran pura falsedad. Que todas esas oraciones llenas de sueños y ambiciones que pronunciabas mientras contemplábamos las estrellas en el cielo y que ahora recuerdo iban a ser veneno para mi alma intoxicada.
Fui una tonta, una ingenua e inocente por creerme que podíamos ser, que esos ojos enormes eran míos y de nadie más. Fui una tarada porque lo dejé todo en función tuya y lo di todo para vos, sin darme cuenta en mi inconsciente hechizado, en mi realidad trastornada, que no hacía otra cosa que fracasar y dejarme estar. Fui una estúpida porque en toda mi devoción hacia vos dejé de apreciarme a mí misma y llegué a pensar incluso que no era lo suficientemente buena para tenerte.
Y ahora me doy cuenta, finalmente comprendo que no solo soy buena, sino que soy mucho mejor que vos. Por fin descubro que tengo cualidades maravillosas que no apreciaba en el pasado y que vos nunca vas a tener. Ahora entiendo que me merezco algo mejor que lo que vos me diste, aunque eso impliqué esperar diez años más hasta que llegue el afortunado.
Y lo peor de todo es que en mi ceguera, en mi oscuridad en la que la única luz artificial eras vos, que eras el centro de mi vista y donde no podía ver nada más, derroché la oportunidad de mostrarle a los demás estas virtudes que tengo. No porque tuviera que demostrar nada, mientras yo me quiera los demás quedan aparte, pero tal vez me hubiera ayudado a aumentar mi baja autoestima el hecho de que las personas alrededor pudieran ver lo que valgo. Que pudieran observar que no soy una sensible y frágil todo el tiempo, y que puedo tener mi carácter, aunque no lo aparente. Que pudieran ver que soy una persona, con mis defectos, pero también con mis virtudes.
Pero bueno, estaba tan obsesionada contigo que no pude razonar acerca de ello. Estaba tan ocupada soñando con el “nosotros” que no tuve tiempo de preocuparme por el “yo”. Tan ilusionada, mostrándote mis sentimientos, mis secretos y mis poemas, muchos de los cuales escribí pensando en vos, en fin todos los elementos que consideraba símbolos de mi amor y que vos trataste como basura.
Pero, después de todo lo ocurrido entre nosotros, después de todas las tensiones y deleites, después de todas las miradas que intercambiamos, cuando se tocaba el tema sobre el amor y vos posabas tus ojos en mí con la intensidad de mil soles y haciéndome la mujer más dichosa del mundo, después de todo eso, alegrate porque, a pesar de todo, no te guardo rencor.
Ni siquiera te odio, es más te agradezco, por haberme enseñado esa lección tan importante, que es aprender a quererse a sí mismo por encima de todo y a nunca menospreciarse por alguien que no vale la pena. Me enseñaste a que no me volveré a desestimar nunca como lo hice con vos. Porque no tiene caso hacerlo con una persona a la que no le importa nada de uno, como a vos que no te importó nada de mí y que en vez de responder a mi abrazo, cuando por fin me atreví a dártelo, me dejaste sola sufriendo, preguntándome por qué no me querías, que era lo que estaba mal adentro mío.
Pero como dije antes no te guardo rencor, sino que te doy las gracias. Porque aunque lo haya intentado, no pude olvidar tu sonrisa. Esa que cuando me la creía me parecía más brillante que la misma luz del día, iluminándolo todo y borrando todo rastro de tristeza en mi interior. No, sé que esa cara va a quedar grabada en mi cabeza, enterrada, pero va a seguir estando. Por eso no puedo guardarte rencor, porque a pesar de todo el sufrimiento que me causaste y del desasosiego que me hiciste vivir, fuiste el primero que se fijó en mí, el primero que se interesó por mí y que me escuchó. Y eso ya es un logro. Aunque sé que no seremos nada y que ya no podemos volver siquiera a ser amigos, quiero decirte que te deseo lo mejor en tu vida y que te vaya bien en el camino que traces.
Yo por mi parte me despido, y aunque me provoque un poco de dolor y cierto dejó de amargura solo me queda decir: “adiós”, “adiós y hasta siempre, que te vaya bien en tu vida”.

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